El lugar más pequeño

El lugar más pequeño es un homenaje a un pequeño pueblo del Salvador que fue capaz de superar las calamidades de una guerra y, marcado por el traumático recuerdo de las experiencias que vivió, seguir adelante. Según su directora, la salvadoreña Tatiana Huezo, el documental “habla de la capacidad que tiene el ser humano para levantarse, para reconstruirse, para reinventarse después de la tragedia (…). Es una historia que habla de personas que han aprendido a vivir con su dolor”.

La intensidad del documental aumenta proporcionalmente a la irrupción en la vida del pueblo y de sus habitantes. La directora, movida por la impresionante historia de Cinquera, pueblo natal de su abuela, llevó con ella a un equipo de seis personas que se introdujeron a la rutina de esta comunidad de casi 2000 personas para desvelarnos su pasado, siempre desde el respeto y el rigor documental. Poco a poco, vamos conociendo a unos personajes cuyos testimonios atraparán desde el primer minuto nuestra atención e implicación emocional. Desde las capas más externas, vamos entrando en sus recuerdos hasta tocar fondo en los rincones más recónditos de su persona, donde permanece todo el dolor vivido. Tatiana Huezo nos acerca a la vida de este pueblo en apariencia sencillo, alegre, aislado de todo; un pueblo que ha luchado por conservar su lugar en el mundo, que ha reivindicado sus derechos y defendido su comunidad.

En un recorrido por los bosques y bellos parajes naturales de la zona, una voz en off nos narra, al inicio del documental, el camino que siguieron unas cuantas familias, que fueron obligadas a emigrar de su pueblo durante la guerra civil, para regresar a su hogar, que para aquél entonces se había convertido en un pueblo fantasma engullido por la frondosidad de la selva. A partir de aquí, la historia de cómo estas familias empezaron a reconstruir una ciudad totalmente devastada, de las cenizas, empezando por el restablecimiento de los servicios básicos hasta desarrollar la agricultura y fomentar la educación de sus niños, sin olvidar la voluntad y el esfuerzo por rescatar su memoria histórica.

Cinquera había albergado antes de la guerra unos 7000 habitantes, casi todos analfabetos. Desde su ignorancia e inocencia tuvieron que tomar conciencia de la situación de represión que los estaba anulando individualmente y, como pueblo, abrir los ojos para revelarse y luchar. Tal y como nos explica una testimonio joven que perdió a una hermana en la guerra, este recuerdo está presente en forma de trauma en la mente de todos. La capacidad de superación del pueblo no se ha basado en esconder lo ocurrido, sino al contrario, en llevarlo siempre muy presente, contándolo a las generaciones siguientes para mantener vivos a sus muertos. Nos lo explica un hombre del pueblo, que vive su vida desde la guerra como una especie de desdoblamiento; haga lo que haga, vaya donde vaya, su presente convive con los muertos del pasado.

La fotografía que acompaña esta historia hace justicia a la belleza que nos ofrecen los paisajes verdes y frondosos de esta región. La neblina, la luz de las puestas de sol, la lluvia, todo es hermoso y abundante en estos parajes. Tatiana elige de forma inteligente los planos que se intercalan entre las historias. Las imágenes de silencio, tan solo con los sonidos de pájaros y otros pequeños habitantes de la selva, nos remiten a la calma después de la tormenta, una calma absoluta y una belleza inabarcable que impiden imaginar las escalofriantes historias que se esconden detrás.

Para acabar, me quedo con el impactante testimonio de una mujer, que nos deja reflexionando sobre como es capaz un ser humano de almacenar tanto dolor. No podemos dejar de sorprendernos de la transmisión de alegría, optimismo y esperanza que su discurso y modo de expresarse desprenden. Ella nos lo explica con sencillez y calma: después de retorcerte de dolor llorando y lamentándote durante mucho tiempo, te das cuenta que debes levantarte, recuperar el optimismo y volver a sonreír, en otras palabras, recuperar el sentido de vivir. De no ser así, habría muerto hace mucho tiempo.

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